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SONORA

El río, la fortuna y el silencio

La noticia podría considerarse grotesca; incluso, vulgarmente pornográfica, porque desnuda una realidad que ofende a los mexicanos y, especialmente, a los sonorenses, más concretamente a los pueblos del Río Sonora.

 

José Luis Jara/ Dossier Politico

Me refiero a la nota publicada por la revista Forbes, que presenta el siguiente cuadro sobre Germán Larrea Mota Velasco y su familia:

Fortuna 2026: 67,100 millones de dólares

Fortuna 2025: 28,600 millones de dólares

Variación: 134.6 %
Edad: 72 años
Sector: Metales y minería

¿Qué significa esto?

Que la fortuna de Larrea registró un crecimiento extraordinario. Pasó de 28 mil 600 millones de dólares a 67 mil 100 millones en apenas un año, un incremento de 134.6 por ciento.

Antes de entrar en materia, vale la pena detenerse en la fuente informativa. Forbes es una de las revistas de negocios más influyentes del mundo. Su especialidad son las finanzas, las inversiones, las grandes empresas y las listas de multimillonarios que publica anualmente.

En temas de riqueza, empresas y mercados financieros, Forbes es considerada una referencia global. Sus clasificaciones son consultadas por gobiernos, universidades, medios de comunicación y analistas económicos. Cuando Forbes México informó que la fortuna de Germán Larrea pasó de 28 mil 600 millones a 67 mil 100 millones de dólares, utilizó la metodología con la que evalúa patrimonios empresariales en todo el mundo. No se trata de dinero en efectivo, sino del valor estimado de sus acciones, inversiones y activos.

Estas cifras sirven para dimensionar el tamaño del poder económico que enfrenta Sonora. También ayudan a entender por qué resulta tan difícil que las comunidades afectadas por el derrame minero encuentren justicia frente a uno de los empresarios más poderosos del continente.

Porque mientras Forbes y los mercados financieros celebran a Larrea como un ejemplo de éxito empresarial, permanece una pregunta que ninguna lista de multimillonarios puede responder: ¿qué responsabilidad moral tiene un hombre cuya fortuna se multiplicó mientras miles de personas continúan esperando justicia por uno de los mayores desastres ambientales de la historia de México?

Conviene recordar para no olvidar.

En agosto de 2014 ocurrió el derrame de 40 millones de litros de sulfato de cobre acidulado en los ríos Bacanuchi y Sonora. Ese mismo año, la fortuna de Larrea era estimada por Forbes en alrededor de 14 mil 700 millones de dólares.

Doce años después, su patrimonio supera los 67 mil millones.

Durante ese mismo periodo, las comunidades afectadas han denunciado contaminación persistente, enfermedades asociadas a la exposición a metales pesados, afectaciones a la ganadería, pérdidas económicas y una profunda incertidumbre sobre el futuro de la región.

La comparación resulta brutal.

Mientras la fortuna del magnate creció más de 52 mil millones de dólares desde el derrame, la remediación integral del Río Sonora se ha calculado en alrededor de dos mil millones de pesos. Para una de las mayores fortunas del planeta, esa cantidad representa una fracción mínima de su patrimonio.

Su riqueza se multiplicó más de cuatro veces. En contraste, los habitantes del río han visto multiplicarse las preocupaciones sobre su salud, su economía y la viabilidad de sus comunidades.

La revista Forbes cuenta una historia de éxito financiero. Algunos medios incluso han llegado a presentar a Larrea como una especie de Rey Midas mexicano.

Pero la historia que se vive en el Río Sonora es completamente distinta.

No es la historia del cobre ni de los mercados bursátiles. Es la historia de familias que durante años han cuestionado la calidad del agua que consumen. Es la historia de ganaderos que observan problemas en sus hatos y ven amenazada su actividad productiva.

Es la historia de agricultores que antes abastecían los mercados regionales y que hoy trabajan bajo la sombra permanente de la desconfianza. Es la historia de comerciantes que vieron deteriorarse la reputación económica de sus comunidades porque la tierra y el agua de las que dependen quedaron marcadas por la contaminación.

Es también la historia de ocho municipios y decenas de comunidades rurales que siguen reclamando infraestructura médica especializada para atender los posibles efectos de la exposición a metales pesados.

Las cifras son contundentes por sí mismas.

El costo estimado de la remediación integral representa una fracción mínima de la fortuna acumulada por Larrea. Lo que para los pueblos afectados significa una lucha de más de una década, para uno de los hombres más ricos del mundo equivale a una cantidad marginal.

Aquí aparece la dimensión ética.

La ley establece obligaciones mínimas. La responsabilidad moral exige mucho más.

Nadie está obligado a entregar toda su riqueza por los errores de una empresa. Pero cuando una persona obtiene beneficios extraordinarios de una actividad económica cuyos impactos han dejado daños sociales, ambientales y económicos de largo plazo, la discusión deja de ser exclusivamente jurídica para convertirse en una cuestión de responsabilidad histórica.

Porque la verdadera medida de un empresario no se encuentra únicamente en los miles de millones que acumula, sino también en la forma en que responde cuando las comunidades afectadas por sus actividades exigen justicia.

Resulta difícil comprender cómo un patrimonio que creció en más de 52 mil millones de dólares desde el derrame puede coexistir con una reparación que los propios afectados consideran insuficiente. Resulta difícil explicar por qué el país conoce con precisión el valor de las acciones de Grupo México, pero sigue sin tener respuestas definitivas sobre el impacto acumulado de la contaminación en la salud de miles de habitantes.

Habrá quienes sostengan que Larrea ha cumplido con lo que la ley le exige. Tal vez. Pero la historia rara vez recuerda a los hombres más ricos por haberse limitado a cumplir el mínimo legal.

La historia recuerda a quienes entendieron que la riqueza implica responsabilidades proporcionales a su tamaño.

En el fondo, el caso del Río Sonora no trata solamente de dinero. Trata de prioridades. Trata de decidir qué vale más: la acumulación incesante de riqueza o la reparación plena de un daño que marcó para siempre a una región entera.

Nadie puede conocer con certeza la conciencia de Germán Larrea. Pero sí puede juzgarse la huella que dejan los hechos.

Y los hechos muestran que mientras la riqueza creció de manera extraordinaria, las comunidades afectadas continúan esperando que la justicia ambiental alcance la misma velocidad.

Esa es la contradicción que persiste en el Río Sonora: un río que todavía busca sanar y una fortuna que nunca ha dejado de crecer.

@seguidores@destacarAlfonso DurazoNO A LAS PRESAS EN RIO SONORA..BAVIACORA Y SUS COMUNIDADES APOYANDONO a la Presa Puerta del Sol

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